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Elecciones en Guatemala: el frágil equilibrio de una semidictadura de corrupción corporativa


JUNIO 19, 2023


Conseguir el poder en Guatemala, que todavía implica ganar elecciones (aunque las reglas están cada vez más trucadas), está cambiando ante nuestros ojos. Una clase política tradicional casi universalmente odiada encuentra en esta elección de 2023 una sociedad en constante cambio, incrementalmente más moderna, más urbana y con acceso a nuevos medios de comunicación. La era del TikTok viene después de que los políticos quedasen desnudos debido las investigaciones de 2014 a 2019 de la Comisión Internacional Contra la Impunidad (CICIG) que dejó expuestas sus prácticas corruptas como nunca antes. Las encuestas piden algo distinto, con un 90 % de la ciudadanía considerando que el país va por mal camino y con una población que vota con los pies migrando masivamente desde hace años hacia Estados Unidos. Como respuesta las instituciones controladas por la casta gobernante se han esforzado por bloquear todas las candidaturas de cambio viables, dejando claro que vivimos en un sistema híbrido, de autoritarismo competitivo, donde pueden pelear las elecciones solo los que acuerden debajo de la mesa no cambiar demasiado las cosas.

La crisis se da porque está cambiando el modelo de acceso al poder y, como le pasó a ARENA y FMLN en El Salvador, la revolución viene sin avisar y agarra en fuera de juego a los viejos contendientes. La clase política ha practicado una ruta tradicionalmente exitosa que implicaba un trabajo paciente para conseguir dos cosas: organización territorial y reconocimiento de nombre. Al ser un país con alta ruralidad (hasta hace poco la población urbana ha sido de menos de la mitad, muy por debajo de la media latinoamericana) y con gran fragmentación política la clave ha sido construir a después de varias campañas electorales por un lado redes clientelares y por otro, presencia mediática. El actual Presidente, Alejandro Giammattei, tuvo que presentarse cuatro veces hasta ganar en una carrera de minorías (pasa a segunda vuelta con un 13,96% y gana por puro rechazo a su contrincante) en 2019.



Es por eso que durante décadas se da un patrón claro: el segundo en la elección anterior, el que perdía la segunda vuelta electoral, ganaba la siguiente. Alfonso Portillo (2000-2004) había perdido contra Álvaro Arzú en 1996, Oscar Berger (2004-2008) perdió contra Portillo en el 2000 y ganó contra Álvaro Colom en 2003 que a su vez fue Presidente de 2008 a 2012 ganando a Otto Pérez Molina. El viejo militar cuatro años más tarde consigue la Presidencia en la campaña de 2011. El sistema político más estable y predecible del mundo. 



Las razones eran bien claras. El llegar a segunda vuelta hacía que las redes de caciques se acercaran al primero entre los perdedores reforzando la profecía autocumplida, dándole acceso a estructuras de movilización de voto el día D. También generaba un efecto en el conocimiento del candidato, por la exposición de dos meses que da la carrera entre dos. Esa ventaja se mantenía a los cuatro años y permitía empezar primero, llegar a segunda vuelta y ganar contra quien sería el sucesor.  



Todo dentro de un marco de negociación cleptocrático relativamente predecible. El acceso a medios tradicionales, por ejemplo, ha tenido nombre y apellidos. En Guatemala existe un fenómeno equivalente a que La 1, La 2, Antena 3, Telecinco y la Sexta tuvieran el mismo dueño y este fuera francés residente en Bruselas. Ángel González, un mexicano que vive en Miami logró a través de corrupción y conexiones familiares la concesión de todas las frecuencias abiertas de televisión, convirtiéndolo así en una fuerza formidable en política y en el sistema publicitario (tanto como para influir en la manera en la que se financian sus potenciales competidores de televisión por cable y de radio).



El Ángel de la Democracia, como se le conoce en Guatemala, ha sido el gran guardián de quién accedía o no a reconocimiento de nombre. Si querías ser mencionado en telediarios, o entrevistado en sus canales, tenías (tienes) que llegar a un acuerdo con él…a cambio, de darse tu llegada a la Presidencia, de dejar el sistema de corrupción tal y como lo encontraste. 



En el año electoral de 2015, en medio de las manifestaciones ciudadanas que eventualmente empujaron a la caída de Otto Pérez Molina, Jimmy Morales ganó los comicios. Era un cambio de modelo de acceso al poder sin duda, pero resultó no serlo tanto por dos razones: la primera es que estaba rodeado por actores tradicionales de la rama militar del sistema y la segunda es que había construido su conocimiento en los canales de Ángel González, en un programa de prime time de humor cutre al mejor estilo de Pajares y Esteso. 



El cambio en estas elecciones se antoja más revolucionario y ha sido personificado por Carlos Pineda, un empresario de transportes y de campo, de origen humilde, pero con excelsa fortuna. Campechano, malhablado y carismático, fue capaz de a golpe de Tiktok y discurso antisistema crecer la inusitada cifra de 20% en las encuestas en un solo mes con la promesa de ser el Bukele chapín. Después de eso murió de éxito. La casta política, acostumbrada al modelo tradicional, no supo cómo lidiar con él así que rebuscaron una excusa legal y, siendo el primero en los sondeos, las cortes lo eliminaron a un mes de las elecciones.   



Sin embargo, no se tapa el sol con un dedo. El resultado de este domingo todavía es incierto y es más que probable que el sistema haya esquivado esta bala y quede quien quede, no altere, o incluso refuerce, el camino hacia la autocracia cleptocrática en la que ya está embarcada Guatemala, pero solo es cuestión de tiempo para que los dinosaurios mueran. Cómo se accede al poder lo cambia todo y en una Guatemala con una crisis profundizada en la próxima administración será más urbana y con mayor acceso a nuevos medios dentro de cuatro años. 



​Eliminaron a Pineda, pero el camino para la nueva clase política guatemalteca está trazado: construir conocimiento con discurso en redes y aprovechar estratégicamente las grietas de un régimen que seguirá fragmentado. Un sistema con pocos resultados y con una población desafecta y cansada que eventualmente tendrá el cambio que está pidiendo. Está por ver en qué forma vendrá, si en la de un populista con tendencias autoritarias (como se adivinaba Pineda), en la de un movimiento campesino e indigenista como el MAS en Bolivia o en la de un proyecto más moderno y reformista. Solo el tiempo, y las grandes tensiones, crisis y sufrimiento que traerá consigo, dirá.



Autor:


Daniel Haering

  • Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid

  • Máster en Relaciones Internacionales por el Instituto de Barcelona de Estudios Internacionales.

  • Docente en el Instituto de Estudios Políticos de la UFM, donde imparte Sociología y Teoría de la Comunicación.

  • Director Académico y profesor de Escuela de Gobierno.

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