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Elecciones en Taiwan: perspectivas futuras

Actualizado: 9 abr

Por Álvaro Tejero


Las elecciones presidenciales del pasado 13 de enero en Taiwán han sido las primeras del “año electoral más importante de la historia”, como lo llama The Economist. Su resultado arroja un panorama estratégicamente interesante y con implicaciones para prácticamente todos los actores internacionales. El candidato del Partido Progresista Democrático (PPD), Lai Ching-te, hasta ahora vicepresidente, fue elegido con una pluralidad de aproximadamente 40% de los votos (5,5 millones). Hou Yu-ih, candidato del Kuomintang (KMT) obtuvo el 33,5% (4,6 millones) y Ko Wen-je, del joven Partido Popular de Taiwán (PPTW), consiguió el 26,5%. 

Dos aspectos adicionales son de particular importancia. En primer lugar, el PPD ha perdido la mayoría absoluta en el Yuan Legislativo, que mantenía desde 2016. Por otro lado, es la primera elección presidencial en la que todos los candidatos son nacidos en Taiwán, lo que pone aún más de manifiesto el eterno problema de Taiwán. 


Tensando la cuerda 

Un artículo en “Foreign Affairs” de David Sacks escrito el 10 de enero afirma que “el resultado no tendrá mucho efecto en las relaciones a través del estrecho o en las tensiones EEUU-China”. Su principal argumento es la similitud entre las prioridades de política exterior entre todos los candidatos. Por ejemplo, todos están alineados en su apoyo a mejorar el armamento de la isla y la extensión del servicio militar obligatorio. Esto son datos; de hecho, el propio Hou había expuesto en esa misma publicación tiempo antes su plan, incluyendo la prioridad de la defensa pero llamando a mayor diálogo con el continente. 

Sin embargo, el argumento tiene una importante deficiencia: la percepción de China continental. Es cierto que la agenda exterior del PPD y el KMT para estas elecciones no ha sido una de extremos, pero esto poco importa si Beijing no lo entiende así. Este hecho se ilustra a la perfección con la presidenta saliente, Tsai Ing-wen. Su primera victoria electoral en 2016 y su reelección en 2020 han resultado en unas relaciones cada vez más tensas entre Taiwán y la China continental. Beijing siempre ha percibido a Tsai como una independentista radical, cuando su perfil es el de una académica prudente, según varios testimonios. 

Así pues, es muy probable que Beijing perciba esta nueva victoria del PPD como una escalada y otra prueba de su deseo independentista. Esto, además, se ve agravado por el perfil de la nueva vicepresidenta, Hsia Bi-khim, que ha sido representante de Taiwán en EEUU. Una victoria del KMT, aún con una política de defensa muy similar sobre el papel, por lo menos habría significado algo más cercano a borrón y cuenta nueva para Beijing. Hou señalaba en su artículo la necesidad del diálogo, aunque extremadamente limitado y condicionado, con Beijing, algo mucho menos prioritario para el PPD, que ha expresado su deseo de continuar la política de Tsai. 

Parece poco realista pensar que todo esto vaya a tener poco efecto en las tensiones. En lo que Sacks sí tiene razón es en que estos resultados no van a cambiar el curso actual de los acontecimientos; dónde falla es en no tener en cuenta que, en vez de un cambio, estas elecciones en Taiwán continuarán o agravarán la situación a medio plazo. Aún con esto, es bastante probable que haya un periodo de silencio o palabras vacías por ambas partes hasta, por lo menos, diciembre o enero de 2025. Esto es por el simple hecho de que las elecciones en Taiwán no son, probablemente, las más importantes para Taiwán cuando se comparan con las de EEUU. La percepción de Beijing se ve, por lo menos para ellos, solo reforzada por este hecho. 


Dos juegos distintos 

Es un hecho bien constatado que China varía su comportamiento y gran estrategia en función de su percepción a largo plazo del balance de poder entre ella y EEUU. Esto se ve en las tres “olas” descritas por Rush Doshi: de una estrategia defensiva hasta 1991, a una primera llamada a la acción por la “trifecta” traumática que supusieron la Guerra del Golfo, el bombardeo de la embajada china en Belgrado y la disolución de la URRS, un periodo de preparación de 2008 a 2016, y una tentativa de construcción de orden de 2016 en adelante. Además, la moderación china desde 2020 hasta la actualidad también sigue este patrón. 

Por consiguiente, el verdadero significado de estos comicios en Taiwán no podrá analizarse del todo hasta la cita electoral estadounidense a finales de año. Desde ahí, dos posibilidades básicas se abren. En primer lugar, un retorno a la Casa Blanca de Donald Trump, que sería el segundo presidente en servir dos mandatos no consecutivos, o una nueva situación de caos electoral (por cualquier razón) supondría una escalada de tensiones importante, incluso teniendo en cuenta la voluntad del PPD de mantener el status quo de independencia efectiva. Beijing muy probablemente aumentaría su asertividad en el Estrecho de Taiwán, provocando una reacción imprudente de EEUU solo agravada por el déficit de confianza estratégica que sus aliados tienen en Trump. En esta sucesión de eventos, sería crucial la señalización que el gobierno de Lai enviara a Beijing y quedaría primariamente en sus manos prevenir un enfrentamiento y resistir la corriente agresiva por ambas que la llegada de Trump desencadenaría. 

En segundo lugar, una nueva victoria de un Biden profundamente impopular y percibido como poco decisivo personalmente guiaría la situación a la misma dinámica que el mundo ve en la actualidad: tensión bajo la superficie, con Beijing esperando a un momento más provechoso. La fecha límite de Beijing para conseguir la reunificación es 2049, fecha que debe ser tomada en serio, pero hay otra fecha indefinida que también debe entrar al análisis: la vida de Xi Jinping. El actual presidente chino ha progresado adecuadamente por ahora hacia su objetivo paralelo del rejuvenecimiento de la nación y su propia memoria como líder en paragón con Mao o Deng. Todo análisis debe tener en cuenta la situación relativa de este objetivo. Aunque la teoría de la agresión de estados no liberales para placar circunstancias externas es divisiva, no hay que descartar que Xi, mucho más interesado en estrategia que en politiqueo económico interno, ponga más utilidad marginal y menos prima de riesgo en intentar resolver la cuestión de la reunificación a finales de su mandato que, se asume, será vitalicio o si se cansa de la reconversión económica. 

Todo esto asumiendo, claro está, que la estrategia de la administración estadounidense, con Blinken y Sullivan a la cabeza, continue inalterada. La estrategia hasta el momento ha consistido en redoblar lazos con estados ya aliados, como Japón, la República de Corea o Filipinas, y potenciar otras con estados en principio no alineados, como Vietnam o India. 

La lógica de bloques subyacente a este entendimiento de la competición contra China es de obvio corte guerrafríista. De hecho, es bien posible que este sea el legado a largo plazo de Biden tanto en política internacional como en economía, con la continuación e impulso del proteccionismo a la Trump y la política industrial del Inflation Reduction Act. Dicho esto, su adecuación o falta de ella a la situación es, por lo menos cuestionable. El consenso académico es que el presente se parece muy poco a la Guerra Fría en todos los ámbitos. En consecuencia, un argumento con fuerza es que la estrategia Biden no supone un beneficio a largo plazo para la hegemonía de EEUU, sino que sirve como oportunidad de las potencias medias de la región no alineadas ya con EEUU para, en su pleno derecho, ejercer de free riders

Además, aunque el proceso de regionalización del mundo es evidente, no está ni cerca de completarse. Si la estrategia Biden es bipolarizar el conflicto, puede que tuviera el tiempo a su favor de no ser porque EEUU es considerablemente menos importante que China económicamente en Asia. Por tanto, su racionalidad es dudosa a medio y largo plazo si las corrientes de los tiempos siguen siéndolo. 

Taiwán, por su parte, sigue dependiendo económicamente del continente, con gran cooperación en, por ejemplo, la industria de los microchips. Otra tendencia que no parece estar cambiando. En el área geopolítica, las pretensiones estadounidenses para Taiwán también están sufriendo importantes derrotas, con más y más países adhiriéndose a la interpretación de Beijing de la Resolución 2758 que le reconoce como único representante de China en Naciones Unidas. A no ser que EEEUU pueda ofrecer incentivos a los estados del Sur Global de mantener su hipocresía calculada (o ambigüedad estratégica) estos avanzarán hacia la interpretación de Beijing por no ser partícipes de los beneficios que supone la lectura estadounidense y, como todo estado, ser en principio adversos al riesgo. 


Un momento, ¿y Europa? 

No debería sorprender a nadie que la Unión Europea quede relegada en prácticamente cualquier análisis estratégico, y más si tiene que ver con China. Puesto en términos bruscos la UE no tiene una posición ni independiente ni coherente ni verdaderamente estratégica para con China ni con la cuestión de Taiwán. Existen en esta dos campos principales en este sentido: por un lado, las repúblicas bálticas, Polonia y la República Checa están firmemente alineadas con la visión de PPD para Taiwán; por otro lado, ni España ni Alemania ni Francia tienen perspectivas propias al respecto, legándola a EEUU y renunciando a actuar como potencias medias. 

De esto se siguen otras dos posibilidades: o la UE encuentra una estrategia propia, o se verá arrastrada por corrientes contrarias a sus intereses. Cualquier estudio encontrará que la Unión Europea no tiene cultura estratégica, ni consideración seria sobre sus intereses “nacionales”. No significa esto que la UE no tenga intereses; cualquier potencia tiene intereses objetivamente determinados y susceptibles de ser descubiertos. Crucialmente, estos son propios y no ajenos. Más bien al contrario, suelen ser conflictivos con los intereses ajenos. Por tanto, la UE, al hacer de cola incondicional de EEUU en la cuestión de Taiwán y con China más generalmente está actuando contra sus intereses “nacionales”. 

Es bien posible que en cualquiera de los dos escenarios que resulten de las elecciones estadounidenses combinadas con las taiwanesas la UE se vea en una situación similar a la que provocó su ineficaz medida contra la tecnología verde china. Esto se lee como una situación en la que se vea impotente de reconciliar sus intereses con su compromiso a sostener a EEUU como potencia hegemónica. Europa, tan acostumbrada a delegar en EEUU su política de defensa y estrategia, no tiene en consecuencia herramientas de gran potencia, o sea poder duro. Su único activo estratégica es su amplio mercado, con consumidores con altos estándares y considerable poder adquisitivo, con marcada estabilidad relativa. Podría, si quisiera, usarlo como instrumento de potencia media, sobre todo en su política china, si tan solo se desembarazase de su compromiso incondicional. 

Sin embargo, si todo permanece como hasta ahora, estas elecciones en Taiwán significan, para la UE, más de lo mismo a corto plazo. 

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